No vengo a resolver aquí el gran debate científico. Ese debate existe, es sano y es necesario. En ciencia no hay dogmas ni verdades reveladas: hay hipótesis, datos, modelos y revisión constante. Los científicos se equivocan (más veces de las que aciertan) y gracias a eso avanzamos.
Tampoco pretendo “iluminarte” sobre si el ser humano es el único culpable o no. Lo que sí quiero compartir es una verdad grande como una casa, especialmente ahora, en el verano de 2026, mientras mi país arde literalmente.
Escribo esto viendo cómo los incendios forestales arrasan miles de hectáreas, cómo miles de personas son evacuadas y cómo las imágenes duelen en el alma. Sabemos desde hace décadas que las temperaturas globales han aumentado. También sabemos que este calentamiento trae consecuencias: más episodios extremos, sequías prolongadas, incendios más virulentos en algunas regiones, inundaciones en otras. No es necesario exagerar ni minimizar para reconocer la realidad.
Actuamos como niños pequeños: buscamos culpables con el dedo acusador, discutimos en foros internacionales grandilocuentes y aprobamos objetivos de desarrollo sostenible, agendas 2030 y metas lejanas llenas de buenas intenciones. Mientras tanto, en el bosque de al lado, nadie limpia la maleza acumulada durante décadas. Nadie invierte en prevención real. Nadie gestiona los recursos hídricos con seriedad.
Y aquí viene la contradicción más evidente: los que más gritan la emergencia climática son, con demasiada frecuencia, los mismos que bloquean las medidas prácticas y baratas que podrían salvar vidas y ecosistemas hoy mismo.
¿Limpiar y gestionar los bosques para reducir combustible? “No, eso es intervenir en la naturaleza”.
¿Construir infraestructuras resilientes y mejorar la gestión del agua? “Eso distrae de la transición energética”.
¿Usar energía nuclear o gas natural como puente? Silencio incómodo o ataque directo.
Mientras tanto, seguimos dependiendo de modelos que proyectan escenarios catastróficos con grandes rangos de incertidumbre, y gastamos miles de millones en políticas que tienen un impacto marginal sobre el clima global pero un coste muy real sobre la economía y la libertad de las personas.
Significa adaptar nuestras sociedades a un clima que, por razones naturales y humanas, está cambiando. Significa invertir en resiliencia: bosques gestionados, infraestructuras resistentes, agricultura inteligente, investigación tecnológica y, sí, también un mix energético realista que priorice descarbonización efectiva sin destruir la prosperidad.
Porque al final, el planeta ha pasado por periodos mucho más cálidos y mucho más fríos que el actual. La diferencia es que hoy tenemos la capacidad técnica y científica para minimizar el sufrimiento humano y ambiental. Lo que nos falta, sobre todo, es honestidad intelectual y voluntad de actuar con cabeza en lugar de con consignas.
El clima cambiará. La pregunta es si nosotros cambiaremos nuestra forma de enfrentarlo.